Supe que se había acabado cuando la reina de los intentos y de las opciones se quedó callada sin saber que decir, sin inventarse otra opción para volver a intentarlo.
Se quedó muda, mi musa desnuda sin ‘’intentémoslo otra vez’’ que la arropasen.
Desvistiéndome con su silencio sincero, provocando que mis prendas cayeran y me ahogara en un profundo llanto.
Llanto de culpabilidad.
Culpabilidad que le di tanto a ella.
Y ella, que harta de las mismas situaciones, no vio nada más correcto que dedicarme su última mirada y marcharse de aquel parque que habíamos convertido en nuestro.
Un nuestro que ya no existía.
¿Existía aún el amor?
Sin duda, había provocado que todo lo inmarcesible se marchitara.
Marchitara como la única rosa que le regalé y que ella guardó como oro en paño.
Paño con el que tendría que secarme las lágrimas.
Lágrimas que merecía.
Merecía todo, sí, ella merecía todo lo que no le di y siempre me recordaba.
Un siempre que ya no existe, porque ya no existen más intentos, porque la reina de ellos, también marchitó.



